
VIRGEN DE FÁTIMA
Habían pasado ya casi 8 meses desde la
última aparición del Ángel y Lucía, Francisco y
Jacinta continuaban orando y ofreciendo
sacrificios al Señor como el ángel les había
indicado. Lucía tenía ahora 10 años, Francisco
cumpliría 9 en Junio y Jacinta acababa de
cumplir 7 en marzo. Aunque todavía no sabían
leer, su madre, la señora Olimpia les
seguía inculcando con esmero el catecismo y
sus obligaciones como Cristianos. “Líbrenos
Dios”, decía la Señora Marto, “de dejar pasar
un domingo sin Misa”. La madre de Lucía, que
era oficialmente la catequista de la parroquia
reforzaba más aun si cabe la educación de sus
hijos y sobrinos en la fe católica. El Sacramento
por el que sentía más respeto y devoción era la
Santa Misa.
En la mañana del 13 de mayo, la fiesta de
Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, los
tres niños fueron temprano a Misa.
Terminada la Misa la madre preparó el almuerzo
para los niños y les mando a pastorear las ovejas.
Caminaron unos metros hasta pasar Fátima y al
cabo de un kilómetro hacia el norte ascendieron
las pendientes de Cova da Iria, o Ensenada de
Irene. Aquí dejaron que sus ovejas pastaran
mientras ellos jugaban en la pradera. Después de
haber tomado su almuerzo alrededor del mediodía,
decidieron rezar el rosario sólo diciendo las
primeras palabras de cada oración para de ese
modo terminar antes. Tras el rezo del “rosario
express”, jugaron a levantar una pared de piedras
alrededor de una mata. Francisco hacía de arquitecto, mientras que Lucía y Jacinta se limitaban a seguir sus órdenes.
De repente, tanto el arquitecto como sus peones fueron sobresaltados por lo que después describieron como un
“relámpago”. Se miraron atemorizados y miraron al cielo para comprobar estupefactos que brillaba un sol
espléndido. Pensando que una tormenta se acercaba desde el otro lado de la montaña decidieron reunir a todas las ovejas e irse a casa. Mientras descendían la montaña, cerca de una encina volvieron a ser sorprendidos por un
relámpago mucho más deslumbrante que el anterior.
De las memorias de Lucía:
Y comenzamos a descender la ladera, llevando las ovejas en dirección del camino. Al llegar poco más o menos a la
mitad de la ladera, muy cerca de una encina grande que allí había, vimos otro relámpago; y, dados algunos pasos
más adelante, vimos sobre una carrasca una Señora, vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal, lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más
ardiente. Nos detuvimos sorprendidos por la aparición. Estábamos tan cerca que nos quedábamos dentro de la luz
que la cercaba, o que Ella irradiaba. Tal vez a metro y medio de distancia más o menos. Era una Señora
hermosísima que aparentaba unos quince años. Vestía un vestido blanco como la nieve que le llegaba a los pies bien ceñido al cuello y con un cordón dorado. También portaba un manto blanco adornado con oro que le cubría tanto su cabeza como el resto del cuerpo. Tenía las manos juntas en posición de oración y sobre una de ellas colgaba un rosario con cuentas que parecían perlas. Su rostro era de rasgos delicadísimos y puros, rodeado de una aureola de sol, pero sombreado por cierta tristeza. Entonces esta Señora nos dijo:
– No tengáis miedo. No os voy a hacer daño. (Santísima Virgen María)
– ¿De dónde es usted?. (Lucía)
– Soy del Cielo. (Santísima Virgen María)
– ¿Y qué es lo que usted quiere de nosotros? (Lucía)
– Vengo a pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, el día 13 a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Después volveré aquí aún una séptima vez. (Santísima Virgen María)
(Esta “séptima vez” se produjo la mañana del día 16 de junio de 1921, cuando Lucía se despedía de la Cova de Iría
antes de partir para el convento. Se trataba de una aparición particular y personal).
– ¿Iré yo al cielo? (Lucía)
– Sí, irás. (Santísima Virgen María)
– Y, ¿Jacinta? (Lucía)
– También. (Santísima Virgen María)
– Y ¿Francisco? (Lucía)
– También irá; pero tiene que rezar muchos Rosarios. (Santísima Virgen María)
Entonces me acordé de preguntar por dos amigas mías de Aljustrel. Eran amigas mías e iban a mi casa a aprender a tejer con mi hermana mayor. Una de ellas era Maria de las Nieves que debía tener unos 15 años.
– ¿María de las Nieves ya está en el Cielo? (Lucía)
– Sí, está. (Santísima Virgen María)
– Y, ¿Amelia? (Lucía)
– Amelia se quedará en el Purgatorio hasta el fin del mundo. (Santísima Virgen María)
Amelia fue una amiga de Lucía que murió a los 18 años en circunstancias que implicaban una conducta inmoral. Se
sabe que Amelia se arrepintió sinceramente de sus pecados antes de morir pero no tuvo suficiente tiempo antes de su muerte para hacer penitencia por toda la pena temporal que sus pecados merecían.
– ¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que El desee enviaros, en acto de desagravio por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?
(Santísima Virgen María)
– Sí, queremos. (Lucía)
– Tendréis que sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza. (Santísima Virgen María)
Fue al pronunciar estas últimas palabras cuando abrió por primera vez las manos de una forma parecida a cuando
el sacerdote proclama el “Dominus vobiscum” y les comunicó una luz tan intensa como un reflejo que de ellas se
irradiaba, que nos penetró en el pecho y en lo más íntimo del alma, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios que era esa luz, de una forma más clara de la que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces por un impulso íntimo, también comunicado, caímos de rodillas y repetíamos íntimamente:
“Oh Santísima Trinidad, yo Os adoro. Dios mío, Dios mío, yo Os amo en el Santísimo Sacramento”.
Permanecieron postrados en aquel océano de luz durante unos minutos en estado de éxtasis hasta que la Santísima virgen rompió el silencio.
– Rezad el Rosario todos los días, para alcanzar la paz en el mundo y el fin de las guerras.
Acto seguido comenzó a elevarse suavemente en el aire, subiendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad del firmamento. La luz que la rodeaba iba como abriéndose camino en la bóveda de los astros, motivo por el cual alguna vez dijimos que habíamos visto abrirse el Cielo. El miedo que sentíamos, no fue propiamente de Nuestra Señora, sino de la tormenta que supusimos que iba a venir, y de la cual queríamos huir.
Los niños permanecieron durante unos minutos con la mirada clavada en el cielo, en el punto por donde desapareció
Nuestra Santísima Virgen María. Cuando volvieron en sí y miraron alrededor, buscaron las ovejas y las vieron
pastando bajo la sombra de las encinas. Francisco se dio cuenta de que las ovejas habían invadido un campo de
garbanzos. Corrió para apartarlas de ese campo perteneciente a otros campesinos pero Lucía le dijo:
- ¡Déjalas Francisco! La Señora me ha dicho que las ovejas no comen garbanzos. (Lucía)
Los niños se sorprendieron cuando apreciaron que las plantaciones verdes estaban intactas y que las ovejas sólo
comieron de las hierbas crecidas entre el maíz, y por eso serían perdonados de ser castigados en casa. Pero su alegría era todavía mayor por haber visto a la hermosísima Madre de Dios. Sentían la misma alegría interior y la misma paz y felicidad que habían sentido el día que el Ángel les había visitado, pero con Nuestra Señora recibieron mucha más fortaleza y ánimo.
La aparición duró unos diez minutos y solo Lucía fue la que conversó con nuestra Señora, mientras que Jacinta se
conformó con escucharla y Francisco pudo verla pero no oírla. Los pastorcitos pasaron la tarde en aquella Cueva
bendita, recordando y reflexionando los más insignificantes detalles de aquel extraordinario acontecimiento. Se
sentían profundamente felices aunque meditaban preocupados sobre el rostro de nuestra Señora. Sintieron en el rostro de nuestra Madre cierta tristeza y reflexionaban y meditaban el significado de cada una de sus palabras.
SEGUNDA APARICIÓN (13/06/1917)
La noticia de la aparición de la Virgen María se había extendido por toda la zona y se había generado una gran
polémica. La mayoría de los residentes de Fátima consideraba a los pastorcillos unos mentirosos mientras que solo
unos pocos les creían. De hecho, tanto los niños como sus padres fueron ridiculizados por sus vecinos. Francisco fue el que más sufrió las burlas de sus compañeros de clase e incluso la de sus profesores ateos que lo humillaban delante de sus compañeros. Surgieron ásperas censuras a la debilidad de los padres o a su incapacidad para educarles e imponerles el correctivo que reclamaban las circunstancias. “¡Si fuese hija mía! – decía uno, aplastando en las manos su sombrero. Y otro, agitando un palo: “¡Una buena paliza pondría fin a las visiones!” Muchos otros niños del pueblo les ridiculizaban y se burlaban de ellos cuando Lucía y sus primos caminaban por la calle.
El 12 de Junio de 1917 la familia intentó evitar que Lucía acudiera a la Cova. Cuando su hija hablaba de la aparición de la Virgen María, cambiaban de tema para distraerla y para que se negara a acudir al día siguiente a la Cova. Lucía lo interpretó como un desprecio por parte de su familia y se sentía abandonada por ellos. Solitaria y triste, se volvió muy callada. Solo rompía su silencio para decir:
- Yo mañana voy a Cova da Iría. ¡Eso es lo que la Señora quiere! (Lucía)
En Portugal el trece de Junio es una gran fiesta, la fiesta de San Antonio de Lisboa, conocido comúnmente como San Antonio de Padua. Esta era, y es, la fiesta de los niños en Portugal, y a los tres videntes de Fátima les encantaba cantar y bailar durante esta celebración. Los padres instaron a sus hijos a reemplazar su cita en la Cova por un día repleto de bailes, cantos y comilonas. Sin embargo, no afectados por esta táctica, Lucía y los Marto acudieron puntuales al lugar de la aparición para cumplir su cita con la Señora. Por la mañana Jacinta y Francisco se dirigieron a la casa de Lucía quien ya estaba esperándoles en el Barreiro. Lucía estaba triste por la falta de compresión y cruel oposición de su madre y sus hermanas. Sólo con sus primos Jacinta y Francisco se sentía alegre.
DE LAS MEMORIAS DE LUCIA:
Iba llegando aún más gente de puntos tan distantes como Torres Novas y a las once, aproximadamente, vinieron los pastorcitos. Los seguí hasta que pararon cerca de una pequeña encina. Hacía mucho calor ese día. Lucía se sentó junto al tronco con Francisco y Jacinta a sus lados. Se pusieron a comer algarrobas y hablaban y se divertían con las demás niñas. Pero a medida que el tiempo iba pasando, Lucía iba poniéndose cada vez más seria y aprensiva. Luego dijo a Jacinta, que estaba aún divirtiéndose:
- Estate quieta, Jacinta. Nuestra Señora está a punto de llegar. (Lucía)
Era cerca de mediodía y María da Capelinha se sintió débil.
- ¿Nuestra Señora tardará mucho? (María da Capelinha)
- No, señora; no tardará ya. (Lucía)
Rezaron entonces el Rosario, y cuando una niña iba a comenzar la Letanía, Lucía se puso seria y pensativa y la
interrumpió diciendo que ya no había tiempo. Inmediatamente se puso de pie y gritó:
- ¡Jacinta, allá viene Nuestra Señora mira el relámpago! (Lucía)
El relámpago se acercaba poco a poco hacia la encina. Lucía levanta los ojos hacia los cielos y el resto de la gente
oye una voz muy fina, pero no entendían lo que decía.
“Era como un suave zumbido de abeja”. (María da Capelinha)
DE LAS MEMORIAS DE LUCÍA:
Después de rezar el Rosario con Jacinta y Francisco y algunas personas que estaban allí presentes, vimos de nuevo el reflejo de la luz que se acercaba, y en seguida apareció Nuestra Señora sobre la encina, de la misma forma que lo hizo en Mayo.
– ¿Qué quiere Usted de mí? (Lucía)
– Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene; que recéis el Rosario todos los días. Después de cada misterio, mis hijos, quiero que recen de esta manera. “Oh mi buen Jesús, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno. Lleva a todas las almas al cielo, especialmente a las más necesitadas de tu Divina Misericordia”. Quiero que aprendan a leer y escribir, y luego les diré que más quiero de ustedes.
(Santísima Virgen María).
Entonces le pedí la curación de un enfermo.
– Si se convierte, se curará durante este año. (Santísima Virgen María)
– Quería pedirle que nos lleve al Cielo. (Lucia).
– Sí; a Jacinta y a Francisco los llevaré pronto. Pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien lo abrace, le prometo la salvación; y estas almas serán amadas por Dios, como flores puestas por mi para adornar su trono. (Santísima Virgen María).
–¿Me quedo aquí sola? (pregunta Lucía, con sus ojos llenos de lágrimas)
– No, hija mía. ¿Sufres mucho por eso? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios. (Santísima Virgen María)
Fue en el momento en que dijo estas palabras, cuando abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de esa luz inmensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de la luz que se elevaba al Cielo y yo en la que se esparcía sobre la tierra. Delante de la palma de la mano derecha de Nuestra Señora estaba un corazón, cercado de espinas, que parecían estar clavadas en él. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, que pedía reparación. La aparición luego terminó como en la primera ocasión, con la Señora elevándose hacia el este y desapareciendo en la inmensidad de los cielos. He aquí, Exmo. y Reverendísimo Sr. Obispo, a lo que nos referíamos cuando decíamos que Nuestra Señora nos había revelado un secreto en el mes de junio. Nuestra Señora no nos mandó aún, esta vez, guardar secreto; pero sentíamos que Dios nos movía a eso. Todos los allí presentes vieron de repente que Lucía se levantó muy de prisa y con el brazo extendido decía:
- ¡Miren, miren, allá va, allá va! (Lucía)
Tras la aparición, una vez que pudieron estar los tres videntes a solas, Francisco preguntó a Lucía:
- ¿Por qué Nuestra Señora estaba con un corazón en la mano irradiando sobre el mundo aquella luz tan grande que es Dios? Tu estabas con la Virgen en la luz que descendía hasta la tierra, y Jacinta conmigo en la que subía hacia el Cielo. (Francisco)
- Eso es porque tu y Jacinta iréis in breve al Cielo. Pero yo me quedo con el Corazón Inmaculado de María aquí en
la tierra. (Lucía)
Maria da Capelinha cuenta que cuando Nuestra Señora se posó sobre el árbol, se oía como el silbido de un cohete
distante.
“Pero nosotros nada veíamos; solamente una nubecilla, a distancia como de un palmo de la rama, que iba subiendo muy despacio, caminando para adelante, hacia el oriente, hasta que se desvaneció del todo”. (María da Capelinha)
Los niños se quedaron callados, siempre con la vista en aquel punto, hasta que un rato después dijo Lucía:
- ¡Ahora ya no se ve!; ya ha entrado en el Cielo; ya se han cerrado las puertas. (Lucía)
Uno de los testigos afirmó:
“Entonces la gente regresó a la encina milagrosa y cuál fue su admiración al ver que las hojas de la encina, que
antes estaban rígidas, ahora estaban inclinadas hacia el oriente, como si la orla del manto de la Señora las hubiese
rozado al partir”.
Otro de los testigos declaró:
“Justo antes de que terminara la aparición, se percibió como un trueno subterráneo proveniente de la encina y se
vio levantarse una nubecilla blanca”.
Los allí presentes comenzaron entonces a arrancar ramitos y hojas de la copa de la encina, pero Lucía les
recomendaba que las arrancasen de abajo, porque las de esa zona no habían sido tocadas por Nuestra Señora. Una de las personas allí presentes dijo: “Recemos el Rosario camino de Fátima”. Serían las cuatro de la tarde cuando los tres niños se retiraron para casa, seguidos por este pequeño grupo. Al llegar al pueblo la gente les ridiculizaba y hasta les insultaba. Jacinta tuvo que soportar burlas hasta en su casa por parte de su familia.
De las memorias de Lucía:
– Jacinta ven a jugar. (Lucía)
– Hoy no quiero jugar. (Jacinta)
– ¿Por qué no quieres jugar? (Lucía)
– Porque estoy pensando que aquella Señora nos dijo que rezásemos el Rosario e hiciésemos sacrificios por la
conversión de los pecadores. Ahora cuando recemos el Rosario, tenemos que rezar las Avemarías y el Padrenuestro entero.
TERCERA APARICIÓN (13/07/1917)
Llegó la mañana del día 13 de julio, y Lucía estaba perturbada aún por la misma duda y confusión. Sin embargo,
cerca de la hora en que debían partir para la Cova da Iría, una fuerza interior que la niña no sabía explicar, la impulsó a ponerse en camino. Su corazón estaba transformado y todos los temores y dudas habían desaparecido. Con alegría, pasó por casa de los primos para mirar si aún estaban allí. Estaban todavía allá los dos, arrodillados junto a la cama, deshaciéndose en lágrimas.
- Entonces ¿no vais? (Lucía)
- Sin ti no nos atrevemos a ir. (Francisco y Jacinta)
Pero dándose cuenta de que Lucía había cambiado de idea, se pusieron de pie.
- Vamos. (dijeron los tres al mismo tiempo)
Así salieron los tres alegremente caminando a través de la muchedumbre que abarrotaba los caminos hacia la Cova.
No pudieron apresurarse, porque eran muchas las personas que les detenían, y solicitaban a los pastorcitos pedir a
Nuestra Señora que les diese amparo especial. La madre de Jacinta, viendo que toda la gente se dirigía hacia la Cova, se asustó mucho y acudió a la madre de Lucía.
- ¡Oh Comadre! “Vamos también allá nosotras, que ya no volveremos a ver a nuestros hijos. ¡Tal vez los maten!
(Olimpia)
- Déjalos. Si es cierto que Nuestra Señora se les ha aparecido, Ella se encargará de defenderlos; y si no lo es,
entonces no sé lo que puede ocurrir. (María Rosa)
Las dos madres se pusieron en camino llevando cada una, una vela bendita por si era cierto que en ese lugar se iba a aparecer el demonio. Cuando llegaron, se sentaron detrás de unas matas y el corazón les latía muy rápido temiendo que algo malo iba a suceder. El padre de Jacinta y Francisco, estaba plenamente convencido de la veracidad de las Apariciones porque sabía muy bien que sus niños nunca mentían. Valiente y decididamente se dirigió con ellos a la Cova da Iria.
“Y me puse en camino. ¡Cuanta gente iba para allí! Aunque yo no divisaba bien a los niños, por los indicios de la
multitud adivinaba que iban a la cabeza. En cierto sentido me convenía más venir acá detrás; pero cuando llegué
allá abajo no me pude contener; lo que quería era estar cerca de ellos. Pero ¿cómo? No se podía atravesar por
ningún lado. ¡Era una gran dificultad! A una de ésas, dos individuos, uno de Ramila y el otro de aquí, de la tierra,
de donde fue hasta la autoridad, hicieron un círculo alrededor de los niños, para que estuvieran más
desembarazados y, al verme allí, me cogieron de un brazo diciendo: ¡‘Este es el padre! ¡Adentro’! Y vine a
quedarme cerca de mi Jacintica”. (Tío Marto)
Lucía arrodillada un poco más adelante, dirigía el rezo del Rosario y todos los demás respondían en voz alta. Cerca
de la encina, donde había un gran número de personas rezando, se produjo un fenómeno que a muchos impresionó.
De repente se vio una especie de relámpago.
- ¡Descúbranse! ¡Descúbranse, que ya viene Nuestra Señora! (Lucía)
Y un momento después la Virgen María se apareció en el encino. Así lo cuenta el padre de Jacinta y Francisco:
“Observé algo así como una nubecilla cenicienta que se detenía sobre la encina. El sol se nubló y comenzó a correr
un aire tan fresco que era un consuelo. No parecía que estábamos en pleno verano. La gente estaba tan silenciosa
que impresionaba. Entonces comencé a oír un rumor, un zumbido, como el de un moscardón dentro de un cántaro
vacío. Pero palabras no oí ninguna. Pienso que sería como cuando la gente habla por teléfono ¡Que yo nunca he
hablado! Todo esto fue para mí una prueba suficiente para creer en la aparición”. (Tío Marto)
De las memorias de Lucía. (Día 13 de julio de 1917)
Momentos después de haber llegado a Cova de Iría, junto a la carrasca, entre una numerosa multitud del pueblo,
estando todos rezando el Rosario, vimos el resplandor de la acostumbrada luz y, en seguida, a Nuestra Señora sobre la carrasca.
Varios años después, Lucía proporcionó los detalles de esta asombrosa aparición. Con una ternura infinita, deseando fortalecer y consolar a los niños sobre la autenticidad de las apariciones, nuestra Señora se volvió a posar sobre la copa de la misma encina mientras alrededor de cuatro mil personas rezaban el Rosario con devoción. Nuestra Santísima Virgen María sumergió a los tres niños en su luz inmensa y fijó en Lucía su afectuosa y tierna mirada. La niña, no podía hablar de la alegría. Fue Jacinta quien la tuvo que despertar de aquel arrobamiento:
- ¡Lucía, di algo! ¿No ves que Nuestra Madre ya está aquí y quiere hablarte? (Jacinta)
– ¿Qué quiere Usted de mí? (Lucía)
– Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene y que continuéis rezando el Rosario todos los días, en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra. (Santísima Virgen María)
– Quería pedirle que nos dijera quién es Vd., y que haga un milagro para que todos crean que Vd. se nos aparece.
(Lucía).
Lucia comenzó entonces a poner ante la Señora las peticiones que todos le habían confiado. La Santísima Virgen
María dijo muy gentilmente que algunos serían curados pero otros no. Lucía pidió entonces por Joao, el hijo lisiado
de María da Capelinha.
- ¿Y el hijo paralítico de Maria da Capelinha? (Lucía)
- No, el no será curado ni de su enfermedad ni de su pobreza, y debe de asegurarse de rezar el Rosario todos los días junto a su familia. (Santísima Virgen María).
Poco tiempo después María da Capelinha y Joao conseguirían un trabajo en el Santuario de Fátima. Siguieron
viviendo pobres pero nunca les falto lo justo para vivir y lo que si que les sobró fue felicidad. Otro caso
encomendado por Lucía a la Señora fue el de una mujer enferma de Atougia quien pidió que se la llevara al cielo.
- Dile que no tenga prisa. Dile que yo sé muy bien cuando vendré a buscarla. Continuad viniendo aquí todos
los meses. En octubre diré quién soy, y lo que quiero y haré un milagro que todos han de ver para que crean. (Santísima Virgen María)
Recuerdo que Nuestra Señora dijo que era preciso rezar el Rosario para alcanzar esas peticiones durante el año. Y
continuó diciendo:
– Sacrificaos por los pecadores, y decid muchas veces, en especial cuando hagáis algún sacrificio: “Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en desagravio por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”. (Santísima Virgen María).
Mientras Nuestra Señora decía estas palabras abrió sus manos una vez más, como lo había hecho en los dos
ocasiones anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra, y vimos de repente un mar de fuego. Sumergidos
en ese fuego vimos muchos demonios y almas en forma humana, como tizones transparentes en llamas, todos negros o color bronce quemado, flotando en el fuego. De repente, eran levantadas en el aire por las llamas que salían de ellos mismos junto a grandes nubes de humo, y volvían a caer por todos lados como chispas entre enormes fuegos, sin peso o equilibrio, entre chillidos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo. (debe haber sido esta visión la que hizo que yo gritara, como dice la gente que hice). Los demonios podían distinguirse por su similitud aterradora y repugnante a horribles y repugnantes animales desconocidos, negros y transparentes como carbones en llamas. De no haber sido por la promesa de nuestra Madre de llevarnos al cielo, habríamos muerto ahí mismo de terror y espanto ante esta terrorífica visión. Horrorizados y como pidiendo auxilio, miramos de nuevo hacia Nuestra Señora, quien nos dijo, tan amablemente y tan tristemente:
“Acabáis de ver el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo una devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo les diga, muchas almas se salvarán, y habrá paz. La guerra pronto terminará, pero si los hombres no dejan de ofender a Dios, otra guerra mucho más terrible comenzará durante el pontificado de Pío XI. Cuando veáis una noche que es iluminada por una luz extraña y desconocida sabrán que esa es la gran señal que Dios les dará para indicar que va a castigar al mundo con la guerra, el hambre, y con la persecución a la Iglesia y al Papa. Para prevenir esto, vengo al mundo a pedir que Rusia sea consagrada a mi Inmaculado Corazón, y solicito que los primeros Sábados de cada mes se haga la comunión en reparación por todos los pecados del mundo. Si mis deseos se cumplen, Rusia se convertirá y habrá paz, pero si no, Rusia propagará sus errores por todo el mundo, trayendo nuevas guerras y nuevas persecuciones a la Iglesia. Los justos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho y muchas naciones serán aniquiladas. Pero al final mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, y esta será convertida y el mundo disfrutará de un período de paz. En Portugal la fe siempre será preservada… Recuerden que no deben contar esto a nadie más que a Francisco. Cuando recen el Rosario, digan después de cada misterio: “Oh mi buen Jesús, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, llévanos a todos al cielo, especialmente a las almas más necesitadas de tu divina Misericordia”. (Santísima Virgen María).
“Lucía jadeó de repente horrorizada. Su rostro estaba blanco como la muerte y todos los que estaban allí la oyeron
gritar de terror frente a la Virgen Madre, a quien llamaba por su nombre. Los niños miraban a su Señora
aterrorizada, sin palabras, e incapaces de pedir socorro por la escena que acababan de presenciar”. (Tío Marto)
Transcurrido un instante de silencio, Lucía preguntó:
– ¿Quiere algo más de mí? (Lucía)
– No. Hoy no quiero nada más de ti. (Santísima Virgen María)
“Entonces se oyó una especie de trueno y el arquito que allí se había colocado para las dos linternas, se estremeció como si fuese un temblor de tierra. Lucía se levanta y se vuelve con tal rapidez que hasta la saya se le infla como un globo. Y apuntando para el cielo, gritó”:
- ¡Allá va! ¡Allá va! (Lucía)
Y después de unos instantes dice:
- ¡Ya no se ve! (Lucía)
Lucía cuenta que Nuestra Señora comenzó a ascender una vez mas hacia Oriente, hasta que finalmente desapareció en la inmensa oscuridad del firmamento. Desvanecida la nubecita de ceniza que se detenía sobre la encina, tan pronto como los tres videntes se recuperan de su profunda emoción, les rodea una aglomeración inquisitiva y acosadora.
- Lucía, ¿qué ha dicho Nuestra Señora que estabais tan tristes?
- Es un secreto. (Lucía)
- Y ¿es algo bueno?
- Para unos bueno; para otros, malo. (Lucía)
- Y ¿no nos lo vas a contar?
- ¡No! ¡No lo puedo decir! (contestó Lucía de manera convincente)
La gente les apretaba, hasta casi ahogarles como si fueran actores de Hollywood o futbolistas de élite. El padre de
Jacinta, atemorizado por la seguridad de sus hijos, sudando a mares, se abrió paso a codazos, cogió a su Jacinta y se la puso al cuello. Poniendo en la cabeza de la niña su sombrero, a fin de defenderla del sol abrasador del mediodía, subió así el camino. Aún estaban las madres de los niños en su escondrijo, conmocionadas y asustadas por todo lo que estaban presenciando. Cuando vieron la muchedumbre apretando a sus hijos, la madre de Jacinta gritó:
- ¡Ay, comadre! ¡Van a matar a nuestros hijos! (Olimpia)
Momentos después, sin embargo, se sintieron aliviadas al ver a Jacinta en brazos de su padre, Francisco en hombros de otro pariente y Lucía bien segura en los brazos hercúleos de otro hombre que era tan grande que la madre de Lucía se distrajo de su preocupación. “¡Ay! ¡Qué hombre tan grande lleva a mi hija!”. (Maria Rosa).
Jacinta en brazos de su padre.
La posesión del Secreto probó ser una gran prueba para los tres pequeños. La familia, los vecinos, seguidores de la aparición, hasta el clero, trató sin éxito que fuera revelado. La prensa izquierdista anticatólica y masónica intensificó su campaña contra los tres pastorcitos. Se publicaron toda clase de mentiras como que los niños padecían crisis epilépticas en cada aparición, los tres al mismo tiempo. Esta incoherente afirmación fue descartada por diferentes psiquiatras, quienes a través de diversas pruebas médicas habían demostrado que tanto su salud mental como corporal era excelente. También se publicó que estos tres niños seguían órdenes del clero para fomentar el fanatismo popular contra el régimen republicano. El objetivo era una vez más, como siempre han echo, sembrar odio hacia la iglesia a través de la mentira. El gobierno civil, que era secular, masón y profundamente anticlerical, alarmado por el gran número de personas que estaban interesándose en los eventos de Fátima, trataron de forzar a los niños a revelar el secreto y en el proceso, acusaron a la Iglesia como colaboradora e instigadora de un fraude.
CUARTA APARICIÓN (19/08/1917)
El domingo siguiente, (19 de agosto) los tres pastorcitos como de costumbre, después de la Santa Misa, fueron a
rezar el Rosario a la Cova da Iría y más tarde volvieron a Aljustrel. Tras almorzar, Lucía, junto con Francisco y Juan
(su hermano mayor) partieron a un lugar cercano conocido como, los Valinhos, donde su propósito era simplemente jugar, rezar y pasar la tarde. El tiempo pasó rápidamente. Hacia las cuatro Lucía comenzó a notar las alteraciones atmosféricas que precedían a las Apariciones de Nuestra Señora: un repentino refrescar de la temperatura, un emblanquecimiento del sol y el característico y famoso relámpago. Los niños empezaron a sentir el maravilloso presentimiento de que experimentarían otra vez más un encuentro con Nuestra Señora María.
El testimonio de Teresa, (hermana de Lucía) es esencial para reconstruir los hechos acaecidos aquel día.
“Íbamos a entrar en Fátima cuando empezamos a notar que el aire refrescaba, el sol se tornaba amarillento y se
reflejaba de muchas tonalidades diferentes. Las mismas señales que precedieron a la aparición del 13 de agosto en Cova da Iria. “¡Que es esto! ¡Aquí hay algo misterioso!”, le dije a mi marido. En su camisa blanca pude apreciar
reflejos de distintos colores”. (Teresa Marto)
- ¿Estaremos todos engañados? (Teresa)
- ¿Qué pasa? (marido de Teresa)
- ¿Acaso no distingues los mismos signos que el día 13? (Teresa)
“Cuando llegamos a la iglesia todo se desvaneció. Mas tarde, supimos que a la misma hora exactamente Nuestra
Señora volvió a aparecerse a los niños en los Valinhos”. (Teresa)
Jacinta no se encontraba presente en los Valinhos y Lucía acababa de percibir el relámpago así que rogó a Joao (el niño lisiado) que avisase de inmediato a Jacinta.
- Joao, ve de prisa a buscar a Jacinta, ¡que viene Nuestra Señora! (Lucía)
Pero el chiquillo no quería ir porque comprensiblemente el también quería ver a la Virgen María.
- Vete de prisa y te doy dos vintens, si traes ahora a Jacinta. Toma ahora uno y el otro te lo daré a la vuelta. (Lucía)
Juan tomó la moneda y corrió a casa. Cuando llegó, gritó:
- Madre, ¡dice Lucía que quiere que Jacinta vaya para allá! (Juan)
- No vienen los tres a jugar, ¿o qué? (madre de Jacinta)
- Déjala venir, madrecita, que tiene que estar allá. Mire que Lucía hasta me ha dado un vintén para que la lleve.
(Juan)
- ¡Un vintén! (Esto era mucho dinero). ¿Para qué quiere allá a Jacinta? (madre de Jacinta)
- Es que Lucía ha visto ya en los astros las señales de que Nuestra Señora va a aparecer y quiere que vaya allá
Jacinta lo antes posible. (Juan)
- Pues que vaya con Dios. Jacinta está en casa de la madrina. (madre de Jacinta)
En cuanto Juan lo oyó, partió como un rayo. Allá, susurró las noticias a Jacinta, y agarrados de la mano, corrieron a
los Valinhos, donde la Virgen les esperaba. Mientras los dos niños se dirigían a los Valinhos se sintió un primer
relámpago y a continuación se percibió otro y fue precisamente en ese momento cuando llegaron al lugar Jacinta y
Juan. Momentos después, la luminosa Señora se dejaba ver sobre una encina, de altura un poco superior a la de Cova da Iría. Claramente Nuestra Señora estaba esperando a que llegara Jacinta y quiso recompensar a estos niños con esta nueva aparición por haberle sido fieles en circunstancias tan difíciles.
De las memorias de Lucía:
– ¿Qué es lo que Vd. quiere de mí? (Lucía)
– Quiero que sigáis yendo a Cova de Iría el día 13 y que continuéis rezando el Rosario todos los días. El último
mes haré un milagro para que todos crean. (Santísima Virgen María)
– ¿Qué es lo que Vd. quiere que se haga con el dinero que la gente deja en Cova de Iría? (Lucía)
– Quiero que hagan dos andas para la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Quiero que tu y Jacinta lleven una de
ellas con otras dos niñas. Ustedes dos se vestirán de blanco. Y luego quiero que Francisco, con tres niños
ayudándolo, cargue la otra. Los niños también han de vestir de blanco. Lo que quede de las ofrendas ayudará
para la construcción de la capilla que ha de ser construida aquí. (Santísima Virgen María)
– Quería pedirle la curación de algunos enfermos. (Lucía)
– Sí; a algunos los curaré durante este año. (Santísima Virgen María)
Y tomando un aspecto más serio y mirándolos con tristeza dijo:
– Oren, oren mucho. Hagan sacrificios por los pecadores. Muchas almas van al infierno, porque no tienen a
nadie que se sacrifique por ellas. (Santísima Virgen María)
En seguida, la Virgen se despidió de sus amiguitos y comenzó, como siempre, a alejarse en dirección al Oriente. Juan estaba decepcionado. Tenía muchas ganas de ver a Nuestra Señora, pero nada vio. Sin embargo, oyó algo como “un golpe de trueno semejante al disparo de un arma de fuego”, cuando Lucía decía, “Jacinta ves, Nuestra Señora está saliendo”. Esto, al menos, dio un poco de consuelo a Juan.
Los tres videntes habían visto con pena como los devotos despojaban la encina del follaje sobre el que había apoyado los pies la Santísima Virgen María. Pero esta vez incluso ellos mismos cortaron también los ramos que rozó la túnica de la Señora, paro mostrárselo a sus familiares. Francisco y Jacinta dejaron en Valinhos a Lucía y a Juan cuidando del ganado y volvieron a Aljustrel a comunicar a los padres la inesperada visita de Nuestra Señora. En la mano llevaban el precioso y sagrado ramo. Al pasar por la casa de Lucía, estaban en la puerta su madre y hermana y algunas vecinas. Exclamó Jacinta toda alborozada:
- ¡Tía!, ¡hemos visto otra vez a Nuestra Señora en los Valinhos! (Jacinta)
- Ay, Jacinta, ¡siempre me saldréis unos mentirosos! ¡Ni que Nuestra Señora se os vaya aparecer ahora en todas
partes por donde andáis! (Madre de Lucía)
- ¡Pues la hemos visto! ¡Mira, tía, Nuestra Señora ha puesto un pie en esta ramita y el otro en ésta! (Jacinta)
- ¡Dámela! ¡Déjamela ver! (Madre de Lucía)
Jacinta se la dio y cuando la señora Maria Rosa se la llevó a la nariz se sorprendió inmensamente.
- Pero, ¿a qué huele esto? (decía mientras seguía olfateándolo)
- No es perfume…no es incienso… no es jaboneta…olor de rosa tampoco es…ni nada que yo conozca: ¡Pero es un olor muy bueno! (Madre de Lucía)
Toda la familia quería olerlo y todos lo encontraron muy agradable.
QUINTA APARICIÓN (13/09/1917)
El número de creyentes crecía y crecía y los tres pastorcitos contaban las horas para la próxima aparición. Cada vez había más gente que creía y un número igual rehusaban aún dar crédito a las apariciones. Desde las primeras horas del día 13 de septiembre, las casas de los videntes se encontraban repletas de gente y todos querían
hablar con los niños y pedirles que encomendasen a Nuestra Señora sus necesidades. Cova da Iria se había convertido en un lugar famoso incluso fuera de Portugal y aquel jueves se habían congregado unas treinta mil personas para presenciar la quinta anunciada aparición de la Virgen María.
De las memorias de Lucía:
“Al acercarse la hora fui a Cova da Iría con Jacinta y Francisco, entre numerosas personas que con mucho trabajo
nos dejaban andar. Los caminos estaban apiñados de gente. Todos querían vernos y hablarnos; allí no existían
respetos humanos. Mucha gente del pueblo y hasta señoras y caballeros, consiguiendo romper por entre la multitud que en torno nuestro se apiñaba, venían a postrarse de rodillas delante de nosotros pidiendo que presentásemos a Nuestra Señora sus necesidades. Otros, no consiguiendo llegar hasta nosotros, clamaban de lejos. Decía uno de ellos: ‘Por amor de Dios, pidan a Nuestra Señora que cure a mi hijo, que está imposibilitado’. Otro: ‘Que me cure a mí, que estoy ciego’. Otro: ‘A mí, que estoy sordo’. ‘Que me traiga a mi marido, a mi hijo, que están en la guerra; que convierta a un pecador; que me dé salud, que estoy tuberculoso, etc’. Allí aparecían todas las miserias de la pobre humanidad y algunos gritaban hasta de encima de los árboles y paredes, a donde subían con el fin de vernos pasar. Diciendo a unos que sí, dando la mano a otros para ayudarles a levantarse del suelo, llegamos allá gracias a algunos caballeros que nos iban abriendo paso entre la multitud. Cuando leo ahora en el Evangelio aquellas escenas tan encantadoras del paso de Jesús por Palestina, recuerdo éstas que, tan niña, Nuestro Señor me hizo presenciar en los pobres caminos y carreteras de Aljustrel a Fátima y a Cova da Iría, y doy gracias a Dios ofreciéndole la fe de nuestro buen pueblo Portugués y pienso: si esta gente así se abate delante de tres pobres niños, sólo porque a ellos les es concedida misericordiosamente la gracia de hablar con la Madre de Dios ¿qué no haría si viesen delante de sí al mismo Jesucristo?".
El Padre Luis Gonzaga consiguió tiempo después la carta de uno de los testigos que aquel día estuvo presente en esta quinta aparición.
“Aquel día por la mañana, nos dirigimos F. y yo a casa de los niños para tomarles una fotografía e interrogarles.
Fue aquella la escena que más me impresionó. Quedé en verdad encantado, pues su sinceridad angélica demostraba que no mentían. De la vivienda de los videntes nos dirigimos a la Casa Parroquial, donde intercambiamos con el párroco y algunos amigos sobre los sucesos del día. Llegados por fin junto a la encina, Lucía ordenó a los asistentes que rezasen el Rosario. Nunca olvidaré la profunda impresión que experimenté al ver caer de rodillas a miles de personas al mismo tiempo mientras lloraban e imploraban, llenos de fe, la protección de nuestra Madre. Lo que se vivió en aquel fugaz cuarto de hora no se puede ni olvidar ni escribir. La devoción con que invocaban a la Reina del Cielo, la augusta solemnidad del momento... todo eso constituía un admirable espectáculo conmovedor hasta el extremo”.
Aún no había terminado el rezo del Rosario, cuando los niños se levantaron y escudriñaron el horizonte. Habían visto el relámpago. Nuestra Señora vendría pronto. Pasados unos momentos, un globo de luz aparece ante la muchedumbre y sobre la encina se posa ya la Reina de los Ángeles.
De las memorias de Lucía:
- ¿Qué es lo que quiere de mí? (Lucía).
- Que continuéis rezando el Rosario a Nuestra Señora del Rosario todos los días para alcanzar el fin de la guerra. El último mes, en octubre, haré un milagro, para que todos crean en mis Apariciones. Si no os hubiesen llevado a la aldea, el milagro hubiera sido más grandioso. Vendrá San José con el Niño Jesús para dar la paz al mundo. Vendrá también Nuestro Señor para bendecir al pueblo. Vendrá también Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de los Dolores. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda; llevadla sólo durante el día. (Santa Virgen María)
- Me han suplicado que os pida muchas cosas. Esta niña es sordo-muda. ¿No la quiere curar? (Lucía)
- Durante este año experimentará alguna mejoría. (Santa Virgen María)
- ¿Ayudará Usted a estas otras personas? (Lucía)
- A algunos curaré, a otros no, porque Nuestro Señor no se fía de ellos. (Santa Virgen María)
- El pueblo tiene mucho interés en tener aquí una capilla. (Lucía)
- Empleen la mitad del dinero, que hasta hoy habéis recibido, en las andas, y sobre una de ellas pongan a Nuestra Señora del Rosario; la otra parte será para ayuda de la construcción de una capilla. (Santa Virgen María)
- Hay muchos que dicen que yo soy una farsante y que merezco ser ahorcada o quemada viva. ¡Haga un milagro por favor para que todos crean! (Lucía)
- Sí, en octubre haré un milagro para que todos den fe. (Santa Virgen María)
- Unas personas me han dado unas cartas para Usted y un frasco de agua de colonia. (Lucía)
- Eso de nada sirve en el Cielo. (Santa Virgen María)
Nuestra Señora entonces se elevó en el aire y desapareció en el horizonte. Lucía grita entonces a la gente:
- Si quieren verla, ¡miren para allí! (Lucía indicó la zona por donde la Virgen abandonaba el lugar)
Todos miran en dirección hacia Oriente y muchos pueden observar de nuevo el globo luminoso ahora ascendiendo
hacia el Cielo. Después de unos instantes de emoción inusitada, toda la multitud se abalanzó sobre los niños para
hacerles toda clase de preguntas:
“¿Qué dijo Nuestra Señora?... ¿Curará a mi hijo? ¿Volverá mi marido sano y salvo de la guerra? ¿Ayudará Ella a
mi hijita?”.
Cuando los tres videntes llegaron a sus casas las encontraron repletas de gente esperando para hacerles preguntas:
“¿Cómo era Nuestra Señora? ¿Estáis seguros de que era la Santísima Virgen? ¡Contadnos todo lo que sucedió!”
SEXTA APARICIÓN (13/10/1917)
De las memorias de Lucía. (Día 13 de octubre de 1917).
“Salimos de casa bastante temprano, contando con las demoras del camino. El pueblo estaba en masa. Caía una
lluvia torrencial. Mi madre, temiendo que fuese el último día de mi vida, con el corazón partido por la incertidumbre
de lo que iba a suceder, quiso acompañarme. Por el camino se sucedían las escenas del mes pasado, más numerosas y conmovedoras. Ni el barro de los caminos impedía a esa gente arrodillarse en la actitud más humilde y suplicante. Llegados a Cova de Iria, junto a la carrasca, transportada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario”.
De repente, muchos de los allí presentes percibieron el relámpago y entonces se formó un silencio sepulcral.
- ¡Silencio! ¡Silencio! Que ya viene Nuestra Señora. (Lucía)
Nuestra Señora vino y puso sus pies sobre las lindas guirnaldas de flores y las cintas con que la Señora da Capelinha había adornado el árbol. Los rostros de los tres niños tomaron una expresión sobrenatural. Las facciones se les tornaban más delicadas, sus labios se mostraban más delgados, el colorido de las mejillas más fino, sus ojos estaban fijamente concentrados en la Señora. No lograron oír a la madre de Lucía que les advirtió: “¡Mira bien hija! ¡Mira que no te engañen!”.
Poco después, vimos el reflejo de la luz y, seguidamente, a Nuestra Señora sobre la encina.
– ¿Qué es lo que quiere usted de mí? (Lucía)
– Quiero que hagan aquí una capilla en mi honor; pues soy la Señora del Rosario. Quiero que continúen rezando el Rosario todos los días. La guerra va a acabar pronto y los soldados volverán a sus casas. (Santísima Virgen María)
– Tenía muchas cosas que pedirle: si curaba a algunos enfermos y si convertía a algunos pecadores; ... (Lucía)
– A algunos, sí pero a otros no. Es preciso que se enmienden; que pidan perdón por sus pecados. (Santísima Virgen María)
Y tomando un aspecto muy triste dijo:
– No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido. (Virgen Santa María)
- ¿Y eso es todo lo que me tiene que pedir? (Lucía)
- No hay nada más. (Virgen Santa María)
“Y, abriendo sus manos, las hizo reflejarse en el sol. Y, mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz
proyectándose en el sol. Mientras la Señora del Rosario se eleva hacia el este ella tornó las palmas de sus manos
hacia el cielo oscuro. Aunque la lluvia había cedido, nubes oscuras continuaban oscureciendo el sol, que de repente se escapa de ellas y se vio como un suave disco de plata”. (Lucía)
Sin quitar su vista de la radiosa Reina del Cielo, Lucía de repente grita a la gente: “¡Allá va! ¡Allá va allá! ¡Allá va!”.
Lucía al estar en un profundo éxtasis, no recordaba después haber dicho estas palabras, aunque Francisco y Jacinta y muchos otros distintamente si las oyeron.
“Mi fin no era llamar la atención de la gente hacia él, pues ni siquiera me daba cuenta de su presencia. Lo hice sólo
llevada por un movimiento interior que me impulsaba a ello”. (Lucía)
En ese momento de entre la multitud alguien gritó: “¡Miren el sol!”.
De las memorias de Lucía:
“Fue en ese preciso momento que las nubes rápidamente se dispersaron y el cielo se despejó. El sol estaba pálido
como la luna. A la izquierda del sol, San José apareció con el Niño Jesús en su brazo izquierdo. San José salía de
entre nubes luminosas dejando ver apenas su busto y junto con el Niño Jesús dibujaron por tres veces la Señal de la Cruz bendiciendo al mundo. Mientras San José lo hacía, Nuestra Señora estaba en todo su resplandor a la derecha del sol, vestida en azul y blanco como Nuestra Señora del Rosario. Mientras tanto, Francisco y Jacinta estaban bañados en los colores y señales maravillosos del sol, y yo tuve el privilegio de ver a Nuestro Señor vestido de rojo como el divino Redentor bendiciendo al mundo, como Nuestra Señora había vaticinado. Al igual que San José, era visible apenas su busto. A su lado estaba Su Madre Santísima con las características de Nuestra Señora de los Dolores, vestida de rosa, pero sin espadas en el pecho”.
Terminada esta visión, la Santísima Virgen se aparecía a Lucía otra vez en todo su resplandor etéreo usando
finalmente el simple manto de Nuestra Señora del Carmen. Mientras los niños contemplaban extáticos a las
celestiales visiones que se obraban en el cielo, los miles de testigos comenzaron a contemplar el inicio del milagro
prometido por nuestra Señora. El sol había asumido un color extraordinario. Las palabras de los testigos oculares
describen perfectamente estas señales sobrenaturales. Nuestro Señor, ya tan ofendido por los pecados de la
humanidad y en especial por el trato a los niños por parte de los funcionarios del distrito, fácilmente pudiese haber
destruido el mundo ese día memorable. Sin embargo, Nuestro Señor no vino a destruir, sino a salvar. Salvó el mundo ese día por medio de la bendición del bienaventurado San José y el amor del Inmaculado Corazón de María para con Sus hijos en la tierra.
De las memorias de Lucía:
Ya sabe Excia. Rvma. todo lo que pasó en este día de esta aparición, las palabras que más se me grabaron en el
corazón, fue la petición de Nuestra Santísima Madre del Cielo:
“No ofendan más a Dios, Nuestro Señor, que ya está muy ofendido”.
